la rioja

LA RIOJA

Abandoné Viana camino de La Rioja. Quizás por la distancia recorrida, quizás por el tiempo que empeoraba, notaba mis pies algo cansados y mi ánimo menos bizarro. Ya no andaba tanto ni andaba tan bien.

Seguramente por ello busqué la compañía de otro peregrino. Se llamaba Marco e iba “de promesa”. Me contó que con ocasión de haber pillado un carro a la menor de sus hijas, ésta estuvo a punto de morir o de perder una pierna pero, por intercesión de nuestro Señor Santiago, quiso el cielo que ni una ni otra cosa sucediese, sino su completo restablecimiento, por lo que él, agradecido, prometió ir a postrarse ante el Apóstol.

Las lágrimas se le caían al referirme estos sucesos y yo di en acordarme de mi mujer y de mis hijas a las que había dejado en Arlés. Entonces un soplo de tristeza anidó en mi ánimo.

 

El Trovador canta ¡Ay linda amiga!

¡Ay, linda amiga,
que no vuelvo a verte!
Cuerpo garrido
que me lleva a la muerte.
¡Ay, linda amiga,
que no vuelvo a verte!
Cuerpo garrido
que me lleva a la muerte.
No hay amor sin pena,
pena sin dolor,
ni dolor tan agudo
como el del amor.
Ni dolor tan agudo
como el del amor.
¡Ay, linda amiga,
que no vuelvo a verte!
Cuerpo garrido
que me lleva a la muerte.
¡Ay, linda amiga,
que no vuelvo a verte!
Cuerpo garrido
que me lleva a la muerte.

Anónimo

Me preguntaba si estarían bien, si me recordarían; Si habrían caído enfermas o si el negocio permitiría su sustento. También recordé la dulzura de los campos de Arlés y de sus alamedas, el confortable calor de la chimenea de mi casa.

Caminábamos pensativos pisando nuestra sombra. Nos acostábamos y nos levantábamos sin hablar mucho. Marco llevaba el Camino con grandes ayunos y penitencias. Algunos días apenas si comíamos.

Así quedaron atrás Logroño, Nájera y Santo Domingo de la Calzada. Precisamente a poco de salir de esta ciudad fuimos requeridos por un grupo de pastores que se encontraban a la vera del Camino, como a un tiro de piedra. Estaban preparando unas migas y su intención era ofrecernos un plato. Yo vi los cielos abiertos y las acepté agradecido pero Marco no quiso probar bocado, cosa que extrañó a los pastores que me preguntaron ¿Que qué le pasaba? ¿Que si estaba malo?  Les dije que no, que iba de promesa y todos se santiguaron, le pregunté a uno por qué lo hacía y no supo qué responderme, solo que se lo había visto hacer a su padre.

Después de dar buena cuenta del plato de migas uno de ellos me dijo; Aquél puente que allí se ve lo hizo el “Santo”. ¿Qué Santo? Pregunté. Santo Domingo, me respondió, Santo Domingo de la Calzada que por haber fabricado caminos y puentes para facilitar el paso de los peregrinos, lleva este nombre.

Yo no sabía nada de esto. Como Marco se impacientaba nos despedimos cortésmente de los pastores camino de los Montes de Oca.

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