San Zoilo. Un mártir cordobés en el Camino de Santiago
San Zoilo. Un mártir cordobés en el Camino de Santiago

San Zoilo fue martirizado en Córdoba el día 27 de Junio del año 303 junto con otros 21 compañeros. Como era usual, no les fue permitido a los devotos cristianos recuperar los cuerpos de sus mártires, sino que fueron dispersados, enterrados en lugares inapropiados o arrojados al río Guadalquivir con severas prevenciones de que nadie intentase hacerse con sus restos. A pesar de ello los cristianos de Córdoba pudieron recuperar el cuerpo de Félix, el cual depositaron con la natural reserva en un pequeño templo donde se reunían y que se convertiría unos pocos años más tarde en la Iglesia de San Félix, una vez publicado el Edicto de Milán (Año 313) por el que se permitió a los cristianos manifestar libremente su doctrina y practicar sus cultos.

Aunque la mayor parte de los restos de los Mártires se perdieron, no ocurrió así con su memoria, de modo que tres siglos más tarde, durante el dominio visigodo, encontramos encarnada la devoción a San Zoilo y sus compañeros de martirio en Agapio, obispo de Córdoba.

Cuenta la tradición que en el año 613 se apareció San Zoilo en sueños al Obispo dándole noticia del lugar exacto en que se hallaban sus restos y que éste, “convocando su clero y noticiándole la visión fue al lugar señalado y comenzó a cavar dándole el Señor fuerzas hasta descubrir el cuerpo del Santo con su ropa y camisa bañada de sangre”  Lleno de alegría trasladó el Obispo solemnemente el cuerpo y lo depositó junto a su compañero de martirio en la Iglesia dedicada hasta este momento a San Félix y que desde entonces sería denominada “Basílica de San Zoilo”.

El Obispo amplió la Iglesia y la dotó con alhajas pero hizo algo más; fundó el Primer Monasterio de San Zoilo, con habitación para cien monjes. Iglesia y Monasterio de San Zoilo fueron muy principales en Córdoba y en ellos se tributaba culto a Dios en memoria y Gloria del Santo Mártir. Al morir, el buen Obispo Agapio fue enterrado junto al Mártir que tanto amaba.

La invasión árabe ocurrida en al año 711 no supuso al principio, en lo que al culto se refiere, un cambio importante. Ni la toma de Córdoba fue violenta ni hubo hostigamiento en las primeras décadas de convivencia. Los cristianos fueron relegados de cualquier puesto de gobierno pero conservaron cargos en la administración y podían practicar libremente su religión, pues los árabes respetaban las religiones monoteístas (Gentes del Libro), si bien gravaban a los cristianos con un impuesto adicional (la chizia).

Con el tiempo una serie de acontecimientos (La revuelta del Arrabal) fueron enturbiando la convivencia y la tolerancia inicial se fue tornando en severa y cruel persecución, sobre todo frente a la facción de los cristianos más intransigente con la doctrina y dominio islámico. Esta opción era abanderada por Eulogio de Córdoba. Nació Eulogio en una casa próxima a la basílica de San Zoilo, allí recibió el Bautismo, allí se educó con el Abad Esperaindeo, recibió el sacramento del Orden Sacerdotal y ejerció su Ministerio. San Eulogio llegó a gozar del máximo prestigio y admiración entre los cristianos de la península. Para los mozárabes cordobeses era su caudillo y valedor. Para los cristianos de Norte un héroe valeroso al que algunos pudieron conocer cuando en el año 845 emprendió viaje en busca de dos de sus hermanos comerciantes que se habían adentrado en Francia y llegado hasta el sur de Alemania donde se les perdió la pista. Con motivo de este viaje visitó Eulogio muchas Comunidades y Monasterios, sobre todo en Navarra donde fraguó una fraternal amistad con Ubelesindo, Séptimo Obispo de Pamplona. La popularidad de Eulogio le llevó a ser nombrado Obispo de Toledo, cargo que nunca llego a ocupar por impedírselo Mohamed, en ese tiempo Emir de Córdoba. Por eso, cuando el año 859 fue martirizado se produjo entre los cristianos una gran conmoción. Es de señalar que el día y hasta la hora de su muerte quedó grabada en la memoria colectiva del pueblo cristiano, “las tres de la tarde del día 11 de marzo”.

A raíz de la muerte de Eulogio el pueblo mozárabe de Córdoba vivió una terrible encrucijada. Muchos Monasterios fueron abandonados, refugiándose los monjes en los territorios cristianos del norte por donde la reconquista avanzaba impulsada vigorosamente por Alfonso III el Magno. Cuentan los historiadores que la insubordinación de los mozárabes enardecidos por la ejecución de Eulogio y su emigración en masa a los reinos cristianos del Norte puso en peligro la existencia misma del régimen Omeya.

San Zoilo fue martirizado en Córdoba el día 27 de Junio del año 303 junto con otros 21 compañeros. Como era usual, no les fue permitido a los devotos cristianos recuperar los cuerpos de sus mártires, sino que fueron dispersados, enterrados en lugares inapropiados o arrojados al río Guadalquivir con severas prevenciones de que nadie intentase hacerse con sus restos. A pesar de ello los cristianos de Córdoba pudieron recuperar el cuerpo de Félix, el cual depositaron con la natural reserva en un pequeño templo donde se reunían y que se convertiría unos pocos años más tarde en la Iglesia de San Félix, una vez publicado el Edicto de Milán (Año 313) por el que se permitió a los cristianos manifestar libremente su doctrina y practicar sus cultos.

Aunque la mayor parte de los restos de los Mártires se perdieron, no ocurrió así con su memoria, de modo que tres siglos más tarde, durante el dominio visigodo, encontramos encarnada la devoción a San Zoilo y sus compañeros de martirio en Agapio, obispo de Córdoba.

Cuenta la tradición que en el año 613 se apareció San Zoilo en sueños al Obispo dándole noticia del lugar exacto en que se hallaban sus restos y que éste, “convocando su clero y noticiándole la visión fue al lugar señalado y comenzó a cavar dándole el Señor fuerzas hasta descubrir el cuerpo del Santo con su ropa y camisa bañada de sangre”  Lleno de alegría trasladó el Obispo solemnemente el cuerpo y lo depositó junto a su compañero de martirio en la Iglesia dedicada hasta este momento a San Félix y que desde entonces sería denominada “Basílica de San Zoilo”.

El Obispo amplió la Iglesia y la dotó con alhajas pero hizo algo más; fundó el Primer Monasterio de San Zoilo, con habitación para cien monjes. Iglesia y Monasterio de San Zoilo fueron muy principales en Córdoba y en ellos se tributaba culto a Dios en memoria y Gloria del Santo Mártir. Al morir, el buen Obispo Agapio fue enterrado junto al Mártir que tanto amaba.

La invasión árabe ocurrida en al año 711 no supuso al principio, en lo que al culto se refiere, un cambio importante. Ni la toma de Córdoba fue violenta ni hubo hostigamiento en las primeras décadas de convivencia. Los cristianos fueron relegados de cualquier puesto de gobierno pero conservaron cargos en la administración y podían practicar libremente su religión, pues los árabes respetaban las religiones monoteístas (Gentes del Libro), si bien gravaban a los cristianos con un impuesto adicional (la chizia).

Con el tiempo una serie de acontecimientos (La revuelta del Arrabal) fueron enturbiando la convivencia y la tolerancia inicial se fue tornando en severa y cruel persecución, sobre todo frente a la facción de los cristianos más intransigente con la doctrina y dominio islámico. Esta opción era abanderada por Eulogio de Córdoba. Nació Eulogio en una casa próxima a la basílica de San Zoilo, allí recibió el Bautismo, allí se educó con el Abad Esperaindeo, recibió el sacramento del Orden Sacerdotal y ejerció su Ministerio. San Eulogio llegó a gozar del máximo prestigio y admiración entre los cristianos de la península. Para los mozárabes cordobeses era su caudillo y valedor. Para los cristianos de Norte un héroe valeroso al que algunos pudieron conocer cuando en el año 845 emprendió viaje en busca de dos de sus hermanos comerciantes que se habían adentrado en Francia y llegado hasta el sur de Alemania donde se les perdió la pista. Con motivo de este viaje visitó Eulogio muchas Comunidades y Monasterios, sobre todo en Navarra donde fraguó una fraternal amistad con Ubelesindo, Séptimo Obispo de Pamplona. La popularidad de Eulogio le llevó a ser nombrado Obispo de Toledo, cargo que nunca llego a ocupar por impedírselo Mohamed, en ese tiempo Emir de Córdoba. Por eso, cuando el año 859 fue martirizado se produjo entre los cristianos una gran conmoción. Es de señalar que el día y hasta la hora de su muerte quedó grabada en la memoria colectiva del pueblo cristiano, “las tres de la tarde del día 11 de marzo”.

A raíz de la muerte de Eulogio el pueblo mozárabe de Córdoba vivió una terrible encrucijada. Muchos Monasterios fueron abandonados, refugiándose los monjes en los territorios cristianos del norte por donde la reconquista avanzaba impulsada vigorosamente por Alfonso III el Magno. Cuentan los historiadores que la insubordinación de los mozárabes enardecidos por la ejecución de Eulogio y su emigración en masa a los reinos cristianos del Norte puso en peligro la existencia misma del régimen Omeya.

Los monjes cordobeses se asentaron en un primer momento en San Miguel de Escalada (León) bajo la protección de Alfonso III el Magno donde hicieron una Iglesia. Pocos años más tarde el valeroso Rey asturiano reconquistaba y repoblaba Carrión. Acompañaban al Rey un puñado de monjes, de los que habían huido de Córdoba, quienes fundaron el cenobio de San Juan Bautista. Es seguro que estos monjes cordobeses trajeron a Carrión la devoción a San Zoilo y sus compañeros mártires, máxime si alguno de ellos era originario del Monasterio de San Zoilo de Córdoba, como es probable.

Un siglo después de la llegada de los monjes, la devoción a los Mártires había arraigado de modo especial en la Condesa Dª. Teresa, mujer piadosa, autora de muchas caridades y buenas obras, madre de ocho hijos a quienes educó cristianamente. Por ello, cuando en el año 1070 el rey Moro de Córdoba rogó al Infante Don Fernando (el mayor de los hijos de los Condes) le pidiese mercedes con motivo de haber prestado muy valerosamente sus servicios en la guerra, el Infante no le solicitó ni dinero, ni posesiones, sino el cuerpo de San Zoilo, pensando en la inmensa alegría que su posesión daría a su madre. El Rey moro condescendió fácilmente y estando el cuerpo de San Zoilo enterrado en su basílica junto al de San Félix su compañero Mártir y el de San Agapio Obispo, al que le fue revelado el lugar donde se encontraba el cuerpo de San Zoilo, aquél le hizo donación de los tres. Y dicen las crónicas que:

“El Conde Don Fernando desenterró los cuerpos con devoción,

los envolvió en paños muy blancos y muy decentes

y emprendió el camino de Carrión. Y llegado a Carrión

Hízose gran fiesta en la comarca E cantáronse villancicos»

Y desde entonces esta villa celebra sus fiestas patronales Entre San Juan y San Zoilo.

Cuadro realizado por Lourdes Urbaneja

El cuadro representa la llegada a Carrión de las reliquias de San Zoilo (Mártir cordobés de la persecución cristiana de Diocleciano – Año 303) y, en concreto, el momento del encuentro entre el infante D. Fernando y su madre la condesa Doña Teresa a las puertas del monasterio llamado, hasta ese momento, de San Juan Bautista.

A la derecha se encuentra la comitiva venida de Córdoba. En la carreta pueden apreciarse tres arcones; el de mayor tamaño contiene los restos de San Zoilo y los otros dos, los de San Félix (Mártir) y San Agapio (Obispo).

El infante don Fernando, en el centro a caballo, señala a un siervo musulman que porta en sus manos una arqueta de marfil ( se encuentra actualmente en el Museo Arqueológico Nacional) y unas telas (azul y roja) que pueden contemplarse en este Monasterio (Sala de las Telas).

Estos son los regalos, materiales y espirituales, que el rey taifa de Córdoba entregó al infante al tiempo de su regreso a Carrión (1070), determinada por la anexión de la taifa cordobesa a la de Sevilla gobernada por Al-Mutamid.

EL MONASTERIO DE SAN ZOILO Y LA ORDEN DE CLUNY

La Condesa Dª. Teresa vio colmados sus deseos con la posesión de las anheladas reliquias de San Zoilo, San Félix y San Agapio. Deseando engrandecer aún más la fama del Monasterio, pensó la Condesa en encomendarlo a una orden religiosa de prestigio en su tiempo.

Por entonces estaba muy pujante lo orden cluniacense y por ella había demostrado claramente sus preferencias Alfonso VI que por estas fechas gobernaba los reinos de Castilla y León. Probablemente por esta causa, la Condesa Dª. Teresa en el año 1076 envió al segundo de sus hijos D. García Gómez al Monasterio de Cluny con el encargo de traer un Abad para el Monasterio. D. García cumplió el encargo y volvió acompañado del Abad Arnaldo comenzando así el Monasterio la dependencia de Cluny, Orden muy favorecedora de las peregrinaciones a Santiago.

Aún vivió muchos años Dª. Teresa, vio morir a alguno de sus hijos y se dice que en los últimos años de su vida recibió el hábito de monja, falleciendo en el año 1095. Toda la familia condal fue enterrada en el Monasterio. Los sarcófagos son de tosca factura como corresponde a la época en que fueron tallados y se colocaron en un recinto que daba acceso a la Iglesia por su portada Oeste llamado Galilea. Pero la Condesa no fue enterrada junto con su marido e hijos en este lugar, sino junto al altar mayor al lado de la epístola, atribuyéndose la distinción a la opinión de santidad que de ella tenían sus contemporáneos y las generaciones venideras, debiendo señalarse que, si bien no ha sido canonizada, si es tenida por persona que está gozando de la presencia de Dios.

PRIORES Y ABADES

Fueron muchos los priores y Abades que dirigieron el Monasterio de San Zoilo.  Fue en el siglo XV cuando el Papa Eugenio IV concedió a los Monjes de San Zoilo el uso de Mitra y báculo, gracia que obtuvo el entonces Prior D. Pedro Tosantos, cuya pretensión incoó el Rey D. Juan II en el año 1435. Fue por esta época cuando el Monasterio se independizó de Cluny. Después fue Monasterio suelto hasta que se integró en la congregación benedictina de San Benito el Real de Valladolid en el primer tercio del Siglo XVI.

EL CLAUSTRO DEL MONASTERIO

En el año 1535 fue elegido Abad Fray Gaspar de Villarroel y bajo su mandato de dio principio a la construcción del Claustro. Se encomendó la obra al arquitecto Juan del Badajoz denominado “El Mozo” para diferenciarlo de su padre Juan de Badajoz “El Viejo” que fue maestro de obras de la catedral de León. Con él aprendió el oficio y trabajó junto a otros artistas, tanto en la propia Catedral leonesa, como en el convento de San Marcos interviniendo en el diseño de su Claustro (1535). Quizás por este motivo le fue encomendado poco después el diseño del Claustro de San Zoilo.

El día 7 de Marzo de 1537 comenzaron las obras que fueron continuadas por el arquitecto D. Pedro de Castrillo, vecino de Carrión, discípulo notable de aquél. Después de un periodo de suspensión de las obras, éstas se dieron por terminadas en el año 1577, aunque las obras del denominado “Claustro Alto”, que es una galería cerrada no se concluyeron hasta el año 1604.

Esta magnífica obra suele incluirse dentro del denominado estilo plateresco, que corresponde a la transición entre el gótico y el renacimiento. En cierto modo puede decirse que se construye cuando el gótico aún no se había ido y los influjos renacentistas empezaban a hacerse perceptibles. La apelación “plateresco” se explica por la similitud con los trabajos realizados por los plateros, que, en este caso, se trasladan a la piedra.

El Claustro del Monasterio de San Zoilo es un conjunto abrumador por la ingente cantidad de bustos, medallones, ménsulas, esculturas etc…, cuya atenta contemplación supera la capacidad de cualquier observador, aconsejándose al visitante que elija una pequeña porción y se recree en ella sin intentar abarcar todo el conjunto que tiene como hilos conductores, la genealogía de Jesús y la exaltación de la orden benedictina con sus Santos, Doctores, Mártires, Cardenales, Papas, Reyes, Emperadores, etc… sin olvidar las referencias a los Condes Fundadores, D. Gómez y Dª. Teresa y al Santo Mártir cordobés que le da el nombre.

Varios escultores trabajaron en el Claustro de San Zoilo, Juan Bello, Juan Millán, Bernardino Ortiz, Antonio Morante, pero es de destacar entre todos ellos a Miguel de Espinosa a quien se atribuye la autoría del Cristo atado a la columna que se encuentra en una hornacina del Claustro y que el escultor habría presentado como muestra de su valía al objeto de conseguir su contratación. Desde el Claustro, a través de una puerta de estilo renacentista primorosamente decorada en la que destaca la imagen de un pelícano desgarrándose el pecho para dar de comer a sus polluelos (símbolo de la Eucaristía), se accede al interior de la Iglesia.

Esta obra del Siglo XVII o comienzos del XVIII está construida en parte sobre la iglesia románica precedente que quedó casi aniquilada y extendió su planta hacia el este adquiriendo de este modo una gran amplitud.

Es difícil catalogar el estilo de la iglesia a pesar de tener nave, crucero, cimborrio y capilla mayor. Hay quien ha dicho que más que “Iglesia”·es una “Gran Sala” y, verdaderamente, esta es la sensación que produce.

Incrustada en uno de los muros, mirando hacia el norte, junto al camino de Santiago, se encuentra la fachada del templo que es obra del Siglo XVII y gusto clásico modificado por el estilo churrigueresco; contiene en su principal, tres urnas con las estatuas de bulto de San Zoilo, San Félix y San Juan; poco más arriba aparece, en el centro, el escudo real de España y, a sus lados, los del convento y Patronos. Sobre el escudo real está San Benito de bulto y en el remate entre hojarasca y cogollos, la del Arcángel San Miguel.